Hace ya un tiempo que irrumpió en la blogosfera la campaña Eres lo que escribes, eres como escribes, en defensa de la corrección ortográfica en los blogs.

En mi blog ya he escrito varias veces sobre el asunto de la ortografía, las más de las ocasiones para señalar errores que me encontraba en medios de comunicación o en sitios educativos, en los que parece que es más necesario cuidar la expresión escrita. Pero realmente yo no soy ningún integrista de la ortografía, y tan sólo ejerzo de tal cuando me visto de docente. Estoy convencido de que ninguna imposición puede detener la evolución natural de las lenguas, que tienen el pequeño defecto de querer llevar una vida propia.

Esto de la corrección ortográfica es cuestión de mamarlo desde pequeñito, porque más tarde tiene difícil solución.

Si no, que se lo digan a estos señores, que no aprendieron la ortografía de niños y de grandes perpetraron barrabasadas sin cuento: aquí tenemos a Gonzalo Korreas, con una revolucionaria propuesta de reforma ortográfica ya en el siglo XVII; aquí también a Juan Ramón, que no supo distinguir jamás las diferentes grafías para la velar fricativa sorda [x]; otrosí, Agustín García Calvo, revuelto contra los palabros de la ortografía académica; ítem más, Gabriel García Márquez, que se postula como enterrador de las “haches rupestres”.

Tal vez lo que no han conseguido estos insignes nombres vengan ahora a lograrlo los nuevos canales de comunicación: SMS, chat…

Desde luego, yo no voy a enfrentarme a esos cambios: ya digo, las tendencias de las lenguas son imparables. Al menos a mí me lo parecen.

En el ámbito de la enseñanza, todos tenemos la correcta expresión escrita entre nuestros criterios de evaluación. Pero tengo la desazonadora impresión de que pretendemos algo que no estamos en condiciones de exigir. Ya he puesto ejemplos palmarios.

Me pongo del lado, por tanto, de quienes abogan por una simplificación de la ortografía castellana, una demanda que inauguró el propio Nebrija, sí, el autor de la primera gramática de la lengua castellana, que continuó el mentado Korreas, que volvió a resucitar Andrés Bello, y que hoy hay que retomar, ya que son muy pocos los que están en posición de exhibir y, por ende, exigir una policía ortográfica absoluta.

Creo que hay que dedicar más esfuerzos a fomentar en nuestros alumnos la capacidad de expresar por escrito ideas, pensamientos y emociones de forma coherente y bien hilada, sin sentir sobre sus cabezas la espada de Damocles de una ortografía caprichosa y aberrante.

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